Hacer posible la “experiencia del otro” La experiencia del amor de Dios vivida en un encuentro humano puede conducir a la persona a superar actitudes narcisistas e individualistas propias de esta época. Hoy el cristianismo tiene que ayudar a todos, especialmente a los jóvenes, a trascenderse a sí mismos para no sucumbir a la tentación del encierro en el “ego”. La primera trascendencia hacia la cual tenemos que encaminarnos es a la trascendencia del “otro” en nuestra vida, aquélla que nos permite unirnos a los demás en el respeto de las diferencias y en la urgencia de respuestas a los que más sufren. En tiempos de aislamientos y desencuentros, la fe puede abrirnos espacios de fraternidad y solidaridad, de vinculación y comunicación. La catequesis tiene que asumir el desafío de la crisis vincular en tantos niveles: pareja, familia, sociedad, y convertirse en un espacio de aprendizaje del “nosotros”, donde cada uno pueda abrirse al don de sí mismo y al don del otro. Diferencias de género, de edad, sociales y culturales no están pudiendo ser integradas en “nosotros” que sean estables. Las rupturas, los individualismos y las indiferencias surgen como signo de esta dificultad. La fe puede iluminar caminos concretos para vivir el amor, la solidaridad, el encuentro y el respeto. La personalización, propia de la posmodernidad, se consolida sólo cuando es asumida en la dinámica de la socialización que se vive en la experiencia del “ser con otros” -matrimonio, familia, comunidad-, y la catequesis debería ofrecer una pedagogía vincular acorde con el actual desafío de con-vivir. Creo que podemos aprovechar nuestro acontecer crítico en lo que a vínculos se refiere, como un momento oportuno de salvación. Para eso es necesario aprender y enseñar a vivir la dinámica vital que se da cuando se pretende unir lo diferente y lo semejante, el ser uno mismo y el ser juntos. El anuncio de las verdades de la fe Ya hemos indicado que la posmodernidad rechaza los grandes relatos, las ideologías y las doctrinas totalizantes. Se privilegia el pragmatismo y el emocionalismo, y la verdad queda reducida a opinión. El pluralismo de tantas posiciones conduce con frecuencia a la indiferencia hacia cualquier tipo de verdad en sí misma. El pensamiento en la posmodernidad es el pensamiento débil, sólo situado, pragmático, que lleva al relativismo y la fragmentación. Hoy interesa poco la doctrina. Cuando la Iglesia se muestra defensora de una doctrina es rechazada porque se la ve como poseedora autoritaria de la verdad, y cuando se presenta como repetidora de fórmulas es ignorada porque su anuncio no atrae, distrae. Muchos hombres y mujeres, por culpa de una determinada manera de ser enseñada la doctrina, encuentran los contenidos de la fe desprovistos de credibilidad, y por eso no es ilógico que se sientan con derecho a persistir en su duda sobre la revelación, por lo menos, sobre esa versión que se les dio a conocer. Muchas de las dificultades del hombre actual pueden reducirse a una estructura formal común: las afirmaciones teológicas no siempre se formulan de modo que le sea posible percibir qué conexión existe entre lo así afirmado y la autocomoprensión que a ese hombre se le impone en su experiencia. Sin embargo, sabemos que las conexiones entre la autoexperiencia humana y el contenido de las afirmaciones doctrinales son posibles en razón de que existe una vinculación constituida por el hecho de que la condición humana, en cuanto espiritual, personal y trascendental, es un momento intrínseco constitutivo y necesario del proceso en el que el don de la gracia y la fe se hace posible . Siguiendo este razonamiento, afirmamos entonces que la catequesis ha de transmitir contenidos doctrinales que surgen de la revelación y son enseñados por el Magisterio, pero logrando conectar “interiormente” dichos contenidos con la autoexperiencia de los hombres y mujeres de hoy. Sólo así la fe anunciada será verdaderamente luz que ilumina y palabra que salva. El desafío es anunciar una Verdad que sea simultáneamente Vida y Camino para las personas en búsqueda. El catequista no puede ser un repetidor más o menos competente del Catecismo; tiene que convertirse en un buscador y en un mistagogo, alguien que indaga constantemente en su fe y se convierte para sus hermanos en un compañero de camino, iniciándolos en los misterios del Dios que salva y vivifica. Se trata de asumir un cristianismo en búsqueda, donde el catequista se una a hombres y mujeres en este peregrinaje espiritual. Este cristianismo experiencial y peregrinante requiere “acompañantes” más que teóricos que responden desde fuera. El catequista ha de ser también un educador en la fe, capaz de valerse de la pedagogía más adecuada para que sus catecúmenos sean iluminados por la verdad objetiva a partir de su propia subjetividad bien orientada pastoralmente. La transmisión de la fe y las familias En el contexto actual cada vez se hace más evidente la necesidad de empezar a hablar de “familias” en vez de “familia”. En efecto, el modelo tradicional de familia entró en crisis y se disparó hacia diferentes modelos que, aún cuando no expresen íntegramente el ideal familiar, en razón de tratarse de familias reales y concretas, nos desafían a darles cuidado y protección. Transmitir la fe unida a la vida implica en este ámbito, no hablarle a una familia utópica sino a la familia existente, aquélla que las personas están pudiendo vivir, y acompañar su camino de fe para que ellas sanen y recreen los vínculos familiares. La actual crisis vincular representa una desafío para la Iglesia que puede asumir una pastoral matrimonial y familiar que la constituya en un espacio abierto donde varones y mujeres se reúnan para comprender juntos las nuevas dificultades que acechan al amor y desestabilizan los vínculos. Y además de favorecer esta comprensión, una verdadera pastoral del amor debería animar a las parejas a explorar las nuevas posibilidades vinculares que se abren paso en medio de las ruinas de lo que se está cayendo. Si cae un modelo y están surgiendo otros, la Iglesia tiene que acompañar la búsqueda del nuevo modo de ser varón, de ser mujer, de vivir el amor de pareja, de construir la unidad familiar. Nos toca vivir un tiempo de búsquedas. Debajo del ruido y la ansiedad provocada por la vorágine cotidiana, existe en todos nosotros una gran demanda de sentido, una gran necesidad de recibir ayuda para saber cómo vivir mejor nuestra vida. “El hombre y la mujer están ansiosos por ser comprendidos y recibir una respuesta precisa. En lugar de ser acusados, los cónyuges anhelan ser comprendidos en lo profundo de su ser y recibir toda la ayuda posible para poder desarrollar su potencial” . Es necesario cambiar el abordaje reductivamente moralista y espiritualista de la realidad conyugal y avanzar hacia una mirada integradora del vínculo amoroso donde lo espiritual, lo afectivo y lo erótico se integren en una visión positiva y personalizadora. “Una verdadera pastoral matrimonial es la que ayuda a las parejas a vivir su relación amorosa de manera adulta y responsable, gratificante y pascual. Es precisamente el vínculo de los esposos lo que constituye el sacramento del matrimonio y por eso la pastoral sacramental del matrimonio tiene que ser una ‘pastoral del vínculo’. Dicha pastoral tiene que asumir las actuales transformaciones y también comprender cómo es y cómo se vive la dinámica humana del amor conyugal, ya que la gracia que sostiene y santifica a los esposos se manifiesta y surge precisamente de ella. Aquí quedan incluidas realidades de tipo cultural, social, psicológico, sexual y espiritual. Hay mucho para aprender y más para enseñar. Son tiempos de creación más que de repetición”. Las personas que quieran tener una copia de esta nota completa pueden solicitarla a aulaabierta@isca.org.ar